Archivo de la Categoría “Poesia”

En el libro Poemas a la luna de Gianni de Conno la protagonista es la luna y ella destacará en cada doble página con diferente aspecto, siempre presidiendo el texto que la evoca. Los textos están escritos en su lengua original -inglés, griego, japonés, chino, italiano…- y también en castellano.

Los autores seleccionados son: Christina Rossetti, Emily Dickinson, Johann W. Goethe, George Gordon Byron, Percy Shelley, Safo, Williams Shakespeare, García Lorca, Giacomo Leopardi, Wang Wei, Yosa Buso, Matsuo Basho y Walt Whitman.

El elemento aglutinador del libro son los textos de gran belleza y sensibilidad que nombran a la luna. Rossetti se pregunta: “¿Está la luna cansada?” y Leopardi la interroga: “¿Qué haces luna, en el cielo? ¿Qué haces silenciosa luna?, Byron sabe que “no volveremos a vagar / a la luz de la luna”, Safo nos avisa de que “se ha puesto la luna”, y Romeo dice que “jura en nombre de la luna sagrada”, mientras Lorca nos avisa de que “cuando sale la luna / se pierden las campanas”, Wei nos recuerda que “brilla la luz de la luna entre los pinos”, Basho exclama: ¡Luna de otoño!, y Whitman la exhorta: “Baja tu mirada, luna hermosa”.

Los textos, cargados de lirismo, son para leerlos y releerlos sin prisas y las imágenes para saborearlas, siempre con tonos fríos, los colores difuminados y algunas siluetas resueltas para ser adivinadas por el lector, junto a otros elementos sugerentes que nos invitan a la reflexión sosegada.

Hay que destacar la ilustración creada para el diálogo de Romeo y Julieta: dos lunas con redondos y serenos rostros femeninos en color ocre, unidas por una luna decreciente con los mismos ojos que las otras dos, de color verdoso; también la luna dormida que acompaña a Buson y Basho, la luna gitana de Lorca y las ballenas que acompañan los versos de Leopardi.

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Javier Vázquez Losada con La Vida de un Día ha sido premiado con el Blas de Otero de 2008. Algunos de sus poemas son casi aforismos, y conducen al lector, pese a su brevedad, a reflexiones poco frecuentes. Porque Javier conoce sobradamente el alma del hombre moderno, y sabe que nuestra soledad y nuestras neurosis son compartidas. Y, además, sabe que pocos se atreven a desvelar las zonas más oscuras, aquellas que llenan las consultas de los psicólogos y provocan noches de insomnio. Sin embargo, no es la suya una lírica desesperanzada, ni siquiera en los poemas más largos, próximos algunos al microrrelato aunque siempre líricos, siempre conscientes de la importancia de la palabra. Simplemente describe con precisión entomológica nuestras debilidades y fortalezas, asumiendo su carácter irresoluble e, incluso, su belleza.
Su demostración no solo gratifica al lector sino que ayuda a su espíritu, haciéndole ver la levedad y —lo que es casi más importante— la universalidad de sus preocupaciones y que tras cada fachada se esconde un poblado trastero, lleno de muebles oxidados, secretos inconfesables y cuentas sin saldar. La melancolía del autor no es destructiva —aunque la influencia del realismo sucio, de referentes anglosajones contemporáneos, exista y sea más que palpable— sino realista y ligeramente irónica. En esa mezcla de compasión, nunca explícita, y distancia radica probablemente el éxito de Vázquez Losada, lo que le diferencia de tantos y tantos adeptos a la descripción de la cotidianeidad y lo que hace que su mirada sea absolutamente personal.
Su utilización del verso libre no es obstáculo para la creación de un ritmo muy particular, cimentado en golpes secos, continuos, que no permiten que el lector despegue la mirada de las páginas.

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AnonimoViajeroEl último libro de poesías de Octavio Fernández Zotes titulada “Anónimo Viajero” es, en gran medida, y como indica el título, la crónica de un viaje interior, el relato metafórico de un periplo que se inició con la pregunta: ¿Hay vida en la poesía? Como el anónimo viajero que tantas veces puede haberse planteado esta pregunta, Fernández Zotes, una vez terminada su carrera profesional, decidió internarse en esa vertiginosa pasión ante cuyas puertas tantas veces y durante tantos años había retrocedido. Situado ante ese umbral, Fernández Zotes confiesa sobre el papel sus temores y, con los primeros pasos, la maravilla que le aturde al sentir que algo, difusamente, se concreta.
«Parece inválido, / pero un enigma, / en trance de poema, / emerge, y muestra su impaciencia / por desbrozar la prosa, / por horadar salida a la muralla».
A la búsqueda de ese “algo” que parece esconderse siempre en la siguiente página, hay en todo este libro, Anónimo viajero, un sentido de vagar hacia delante, de caminar con la mirada despierta, “en trance de poema”, en el afán primero de capturar el poema que parece aletear delante de él y verterlo sobre el folio diseccionado. Pronto, sin embargo, entiende el poeta que la poesía, quizás, dejé de serlo en el momento que se consigue dominar: «Dentro del alma se consumen / las últimas palabras, las imágenes / brillantes como brasas, / retóricas metáforas que arden / y sólo dejan un silente polvo gris / de tedio y calma». Pronto entiende que para continuar “ese viaje en espiral” que ha emprendido hacia un centro que siente palpitante, es necesario despojarse de las expresiones brillantes, de los versos asombrosos, de todo el aparato externo de la poesía. Y es partir de entonces cuando el poeta, despojado de todo, anónimo, comienza el auténtico viaje.
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